Montaña Rusa

El título de esta entrada es la mejor forma de definir los tres últimos días con Jaco, debido a la cantidad de altibajos por los que hemos pasado.

El martes por la tarde, y con la intención de que conociera nuevas superficies, distintas de las baldosas del patio y la cerámica del suelo de casa, estuvimos en casa del vecino que tiene jardín. El jardín de mi vecino no es de los que tenga una tupida y agradable hierba, sino que parece más bien “grama”, posiblemente porque ese tipo de césped será más fácil de mantener aquí en el Sureste, ya que suele haber escasez de agua.

No sé si os podré describir fielmente lo que ocurrió una vez que se abrió la puerta de su jaula y tomo contacto con aquella superficie verde. La excitación de Jaco se disparó, y comenzó a correr en todas direcciones como alma que lleva el diablo, intentando explorar todo en una única y veloz pasada, viendose obligado a retornar sobre sus pasos para afianzar lo que había recabado. Estuvo corriendo de un lado para otro, durante aproximadamente unos 30 minutos. Una vez ya calmado, y de vuelta en su jaula nos fuimos a casa. Menudo momentazo de alegría que habíamos pasado esa tarde, era evidente que con tanto ejercicio, Jaco descansaría sin problemas y del tirón.

Tras una noche plácida y tranquila, en la que no se oyó ni un ligero gemido, hubo que despertar a Jaco. Cuando desayunaba, pude ver que tanto sus almohadillas como su barriga, estaban ligeramente enrojecidas. Supuse que se debía al contacto con el césped el día anterior, ya que al no ser muy suave podía haber producido cierta irritación. Mi preocupación aumentó cuando casi no toco su pienso matutino, y hay que recodar que aquí se habla de un Beagle, uno de los perros más voraces por su instinto de cazador, que en cuanto pueden arañar un trozo de comida lo engullen por lo que pueda pasar.

En momentos posteriores, y lejos de olvidarme del problema, este aumento al apreciar que Jaco tenía diarrea. Pasó así todo el miércoles, y claro como orinaba por el recto, estuvimos limpiando deposiciones por toda la casa. Que pena daba, allá donde iba marca marrón, era evidente que no era un problema de no saber donde hacer sus cosas, sino más bien que sus esfínteres estaban descontrolados, y las deposiciones tenían que manar al exterior sin miramientos.

A la hora de la comida mis preocupaciones se aliviaron levemente, al ver como Jaco ingería su pienso de ese momento y junto con medio yoghurt. A partir de ahí, y pese a que la diarrea continuó, y la fregona estuvo recorriendo toda la casa por si todavía no se la conociera, Jaco empezó a estar más activo, y el enrojecimiento de patas y barriga fue disipandose paulatinamente.

Por la noche, la diarrea ya era parte de la historia, y Jaco estaba como una moto. Correteando por toda la casa tras de sus juguetes, especialmente obediente a todas las ordenes que se le daban, acudiendo al llamado, e incluso yendo por su propia voluntad a hacer sus necesidades en el lugar designado para ello. Otro momento de subidón, con toda la angustia y preocupación que habíamos pasado.

Espero que estos momentos de montaña rusa no sean muy frecuentes de ahora en adelante, y prometo que intentaré no sacar a Jaco de un entorno controlado hasta que no termine su vacunación básica.

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